"Creo que ella tenía una maldición: la de las mujeres bonitas. Sufría del asedio de los mil y un corazones que capturaba cada día. Con miradas de ojos claros, o con la sonrisa de su boca rosa los raptaba, los secuestraba, los dejaba sin oportunidad de pagar un rescate para recuperarlos. Y ellos —al igual que yo— sufrían, les quitaba una sonrisa sin necesidad de esbozar la propia. ¿Qué tienen esas mujeres que pareciera que los árboles les hacen reverencia cuando ellas les pasan por enfrente? Antes pensaba que era un gigantesco infortunio, una gran desventaja y hasta un insulto para los pobres mortales, sin otra defensa contra sus encantos que las palabras. Pensaba que estábamos destinados a escribir sobre ellas y jamás poseerlas ¡qué injusto suena soñar sobre poseer la luna! Pero con el tiempo he creído que, más que un don o un regalo, es una maldición. Una que las obliga a recolectar las almas que sacan por medio de suspiros a torpes hombres enamoradizos, —esos que, por la noche confunden el rostro de la luna con el de su amada— y guardarlas en una bolsita que ellas mismas han tejido con sus virtudes, con su encanto, con ciertos ojos color miel, o con un cabello que acaricia el alma de un sólo vistazo. Son esas virtudes y esa belleza de las que hablo, por los cuales no puedo culparla. Después de todo, ¿quién ha recriminado alguna vez a las estrellas brillar cada noche, e inspirar al poeta o al artista? No podría reprocharle ser tan bella, o que forme un vendaval de versos que nunca pueda acabar de contarle. No tendría la osadía de recriminarle que pueda volver tecnicolor la vida cuando esta luce tan fría y en blanco y negro. Y es que creo que eso, precisamente es lo peor de todo, que ella sea la inocente en éste juego. Que la vida no le pase factura por los corazones rotos que deja en cada centímetro donde camina. Que la vida la haya puesto —a la vez— a unos centímetros y a toda una vida de distancia de mí."
— Víctor Hugo Chávez
[Guadalajara, Jalisco. México]
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