Aorta
“Con el tiempo descubrí que podía examinarme las
arterias del corazón a través de sus ojos claros. No hacía falta cardiólogo. No
hacía falta ejercicio o dieta sana —ridículamente baja en carbohidratos o en
sabor—. Un pequeño vistazo a esos ojos de gato podía deshacer el dolor de pecho
y la falta de aire, el dolor en el brazo derecho y la sensación que se me iba
la vida. No porque ella me la devolviera; más bien lo contrario. Sin duda era
todo lo contrario. Había un partecita de mí que echaba de menos la otra que
tenía ella. La otra que se robó. Es por eso que cuando fijaba mis ojos inexpresivos
en unos llenos de júbilo, amor y pestañas rizadas como los suyos, mi vida se
tornaba de nuevo una gran masa, perfecta y saturada de color. ¿Por qué tuvo que
robarme el aliento si yo se lo hubiera dado más que gustoso? Y es que, eso de
estar separados tenía un punto de quiebre en mi sistema nervioso. Si la
situación o el tiempo no nos reunía mi corazón lo resentía y se debilitaba,
como en medio de un capricho. Era como estirar plastilina o tensar un hilo de
seda. ¿Por qué lo más natural y torpe del mundo se vuelve también lo más
extrañable cuando se pone una pequeña distancia de por medio? Hasta jugar como
niños arrojándose servilletas de papel con ella se volvió más relevante que las
últimas vacaciones en alguna playa paradisiaca, o que aquel campeonato de
fútbol entre escuelas cuando tenía 12 años. Todo porque mis ojos no encontraban
los suyos. Todo porque esas partecitas siameses y dolorosamente separadas de mi
corazón se echan de menos y se comunican por las noches, pagando yo los platos
rotos. Todo porque, tristemente hay más historias de amor encerradas en esta
distancia de las que le alcanzaría la vida para protagonizar al resto del mundo”.
— Víctor
Hugo Chávez
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